Bgo en Trento 1

A grandes males, grandes remedios, y como no hay manera humana de conectar el internet en el ordenador (y eso que me he traído un cable), pues he decidido escribir en word y colgarlo mañana en el blog, que sé que estáis ávidos de mis hazañas.

He salido puntualmente del aeropuerto de Loiu (el previo os lo ahorro) y he viajado durmiendo prácticamente todo el camino, total, en Vueling no dan de comer… y he llegado a Milano Malpensa. Un aeropuerto de lo más normal quitando el hecho de que las maletas han tardado eternamente en salir. Y encima mi maleta ha sido la última de las últimas.

Y aquí empieza la aventura. Tampoco es que me haya pasado nada, pero sí que es un poco coñazo viajar de Milán a Trento. Total, que yo tenía un bus desde la estación de buses de Lampugnano para las 16.30 y para llegar allí lo idóneo es coger el Malpensa Express que, por la nada desdeñable cantidad de 12 €, te lleva del aeropuerto a Milán o al contrario. He comprado el billete en una máquina expendedora y he bajado al andén. Y veo que el tren va a Milano Centrale. Y claro, ese no era mi tren; espero a ver si en la pantalla sale algo y tampoco sale nada. Pero en el andén 3, al que obviamente sólo se podía acceder volviendo a subir a la “estación”, hay otro tren. Que ha resultado ser el mío. Y corriendo con una maleta de 22,5 kg, bajo la plomiza humedad padana (o de cerca) me he montado en el tren al estilo Indiana Jones. La verdad es que es una cosa bastante habitual en mi en los viajes al parecer.

Y ha salido el tren y leo “hay que validar el ticket antes de entrar”. Pues va a ser que no, porque ya estoy dentro. Y cuando ha venido el pica ya le he dicho que es que no he sabido cómo validarlo. Técnicamente sí sabía, lo que no sabía era cómo validarlo y montarme a tiempo al tren.

Y he llegado a Milano Cadorna, que es una estación de tren de lo más insulsa. Supongo que alguno esperaba que le contara sobre los murales de Milano Centrale, pero esta vez no los he visto. He ido a validar el ticket y me pone “ticket con salida sin entrada”, es que no lo había validado y el pica me ha escrito con boli una referencia. Parece ser que las canceladoras de Milán no tienen un OCR (un reconocedor de escritura) para estos casos. Así que he tenido que ir donde un señor que creo que está acostumbradísimo a esto, porque sin mirarme siquiera me ha abierto una puerta para salir. Y he cogido el metro para ir a Lampugnano. Quitando lo de que andar con un maletón en lugares sin escalera mecánica es todo un infierno, esta parte del trayecto ha pasado sin mayor sobresalto.

Lampugnano. Qué puedo deciros yo de Lampugnano. Supongo que inhóspito y hostil son dos buenos adjetivos para definirlo. Sales del metro directamente a la estación de buses: unas dársenas cubiertas con una tejavana, un bar cerrado desde vete a saber cuándo, un estanco que sólo vende tabaco y una billetería. En fin, el panorama de la billetería era desolador. En realidad de toda la estación. Y encima tienen la desfachatez de cobrarte 50 céntimos por ir al baño, aunque supongo que eso los salva un poco de la decrepitud. No sé, porque he sudado tanto hoy, que no me ha hecho falta visitarlos.

Los alrededores no son mucho mas acogedores: dos parkings disuasorios, unas vías con bastante tráfico unos “parques” y unos bloques de viviendas al fondo. Voy a detenerme a hacer una reflexión sobre la construcción italiana: me he fijado que la mayoría de los edificios de viviendas tienen las paredes lisas, pintadas de un solo color y que los agujeros de las ventanas son sólo eso, agujeros, ni marco, ni botaaguas ni nada.

Aunque no todo iba a ser desalentador: había wifi municipal a la salida. Y me he registrado y he entrado en google maps para encontrar un sitio para comer. Y el único sitio medianamente accesible con mi maleta (porque diría que consigna no había en esa estación) era el restaurante Monte Stella en el parque del mismo nombre. Una crítica, además, decía que era como un oasis en el parque y ahí que me he dirigido.

Bien. El restaurante muy bien, pero de oasis nada, estaba muy animado. Y en fin, es el restaurante de un club de tenis, que por suerte no estaba muy lleno. Lo bueno que tiene es que tiene carteles que te indican la entrada. Y lo malo es que hay que subir 12 escaleras para llegar a la puerta. Pero como era el único, ahí me he comido una pizza, que he de reconocer que estaba muy buena, en parte diría por la buena calidad de los ingredientes.

Y después de usar el váter del restaurante, he ido a la estación de autobuses a esperar a mi autobús. Hay un libro de Bernardo Atxaga que se llama Zeru Horiek y del que han hecho película, creo. Va de una tía que sale de la cárcel y va en autobús. La pobre chica, aparte de su condena, mientras va en el bus tiene que aguantar a una señora gorda que le cuenta todos sus problemas de salud y encima la policía le acosa para que se haga su confidente.

Mi viaje no ha sido tan largo como el de la chica y el mayor sufrimiento que he tenido ha sido oír los tropecientos mensajes de whatsapp que ha recibido el tío que estaba a mi lado. Amén del “ploc” que se oía cada vez que escribía una letra. La verdad es que la gente que tiene el teclado con sonido me pone un poco del higadillo, sobre todo si no lo silencia en sitios en los que tiene que estar silenciado. Aprovecho aquí para saludar a la señora pelirroja borde de la tablet que tiene el teclado a todo volumen en la biblioteca de Bakio. De paso también, al lerdo que se pone los auriculares, pero no los enchufa al ordenador y nos hace escuchar su música hasta que se da cuenta. El olor a pies ha sido también potente, huelga decir.

Otra cosa que me ha atormentado ha sido ver lo escarpado de las montañas. Desde luego desde el Adige (pronúnciese ádiye) no se ve casi manera de subir esas paredes casi verticales. Pero he llegado a Trento sana y salva y dando gracias y ahí me estaba esperando Anne-Lyse, que va a ser como mi tutora aquí. Me ha acompañado al bus y a la residencia.

Ir con mi maleta nos ha exigido dar más vuelta para llegar al bus, pero al final hemos llegado y nos hemos montado y hemos llegado a la residencia. A ver cómo me oriento yo sola a partir de ahora. Anne-Lyse me ha dado una conversación muy amena, creo que las otras veces que le he visto estaba como saturada, y me ha dicho también que donde voy a trabajar está cuesta arriba y que lo de la bicicleta a ella ni se le pasa por la mente. Mañana evaluaré este asunto.

Y hemos llegado a la reisdencia, que está justo encima de una comisaría de policía, y en la primera recepción me han dicho que me esperaban mañana. Menos mal que he podido leer offline un email que decía que podía entrar hoy sin problemas, que si no, el señor me decía que tenía que esperar hasta las 12. También me ha mandado a otra recepción porque él no se encargaba de mi bloque. Descripción de la residencia mañana. Y ya he ido a la otra recepción, me han dado las llaves, Anne-Lyse se ha ido satisfecha de su labor de cicerone y un chico me ha acompañado a mi habitación.

Y me he duchado. No os podéis imaginar la sudada que llevaba. Y una vez acicalada, he ido a la cocina, he saludado a dos que había ahí, Juan (Cuba) y Elena (Italia), me han explicado cómo funciona la cocina y me he ido a cenar a la pizzeria. Ésta también único sitio en el que se podía comer por la zona. Al lado hay un bar, pero no dan de comer, creo.

El marroquí de la pizzería muy majo, no le he llegado a convencer de que no soy española, pero bueno; él se ha quedado contento de que fuésemos “casi vecinos”. Un tío majo, ya me ha preguntado a ver si voy a volver y le he dicho que seguramente sí. Y me he venido a la resi, he hecho la cama y he intentado conectarme a internet.

Técnicamente estoy conectada, pero empiezo a sospechar que esto será como en Manchester y que tendré que meter algún valor que desconozco en algún formulario. Y después de escribir, me voy a ir a dormir, que aunque no haya hecho nada, viajar cansa muchísimo.

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