Emilio II

Una tarde de verano, cuando yo apenas era un polluelo, vino a la charca donde vivía un hombre que no llevaba ni katiuskas, ni peto, ni camisa a cuadros, ni gorro de paja; vamos, que no vestía como ese hombre que venía todas las mañanas a darnos de comer. El hombre extraño nos miró a mí y a todos los de mi quinta detenidamente y tras unos instantes me señaló. El hombre al que yo llamaba Dios, por eso de que nos mandaba maná desde el cielo, me cogió y me separó de mis compañeros; me metió en una cárcel de paredes marrones y luego no sé qué más pasó porque, a parte de tener un mareo impresionante, sólo vi aquellas cuatro paredes durante un buen rato.

Cuando ya pensaba que eso iba a durar para siempre, se hizo la luz. Me rodeaban cuatro cabezas humanas que me miraban con expectación. La más osada de las cuatro personas me cogió entre sus manos y dijo:

– ¡Mira qué cosita más maja! ¿A ver cómo dices cuac Emilio II?

¿Quién es EmilioII? ¿Tienen otro de mi especie? Pero no, yo, que hasta hacía unas horas me llamaba Cuac Cuac-cuac Cuac, ahora me llamaba Emilio II. ¿Qué habría sido del primero? Me zafé de las manos de mi captor y me puse a explorar ese nuevo mundo. La verdad es que había muchas cosa pro ahí; muchas cosas para morder y picotear, pero no había ninguna charca: vaya rollo. Lo que sí pensé es que si antes, teniendo un Dios, recibía comida todos los días, ahora, habiendo cuatro, recibiría cuatro veces más. Otra idea errónea.

La verdad es que la vida allí era más bien aburrida, salvo porque podía hablar con un bicho peludo que decía ser un Hámster y se llamaba Dientitos y con un loro multicolor que sólo decía “caraculo”, pero que era muy majo y se llamaba Ramiro. Hablé mucho con aquellos dos animales; al principio no me fue mal, pero los que viven enjaulados no ven mucho más allá de los barrotes y su vida es muy monótona, por lo que se nos acabaron los temas de conversación muy rápido.

Y un buen día decidí que se habían acabado las tonterías y que me iba a escapar de allí. Aquella fortaleza tenía una puerta principal que sólo podían abrir los humanos y que tenía un sistema anti-bajitos muy eficaz: el mecanismo secreto que la abría estaba lejos del suelo. Tenía otras salidas al mundo exterior, más pequeñas y alejadas del suelo según me dijo Ramiro, pero que en verano solían estar abiertas durante mucho tiempo. Al parecer, los humanos recibían mensajes por medio de moscas mensajeras que no hacían más que entrar y salir y tenían la curiosa costumbre de matar algunas, según Ramiro, las que traían malas noticias.

Decidí que por una de esas salidas me escaparía yo. Para eso urdí un plan increíble, una obra maestra insuperable; ni entrar en una cárcel con el plano tatuado en el cuerpo era tan buen plan. El plan consistía en que yo abriría la puerta de la jaula de Dientitos para que él pudiera salir y trepar hasta la jaula de Ramiro, abrir la puerta y liberarlo. Luego Ramiro me cogería de las plumas con sus garras, según él heredadas de un pariente que ahora estaba retratado en no sé qué emblema de no sé qué país que en vez de agua tenía una masa negra pastosa en su poder, y me sacaría volando por una de las puertas interdimensionales a la libertad.

Así ocurrió más o menos. Lo único que no salió como yo quería es que Ramiro, después de liberarme, me soltó a demasiada distancia del suelo firme y digamos que no caí de pie como los gatos. Si entonces hubiera sabido que los patos pueden volar, me hubiera escapado en el momento que salí de la caja, pero en la escuela de patos sólo habíamos llegado hasta “cómo peinarse las plumas”.

Vagué o vagueé por aquel mundo sin rumbo, comiendo la comida que se agolpaba en bolsas, al parecer, queriendo entrar en unas fortalezas verdes que sólo tenían un ventanuco en la parte superior. Me puse bastante orondo probando manjares de aquí y de allí, tanto que, cuando al fin encontré una charca con patos y me puse a nadar, me costó bastante.

Ahora que ha pasado el tiempo, recuerdo con añoranza esos días, pero no hay cosa menos activa que un pato vago y gordo, así que aquí estoy comiendo migas de pan que me echa la gente sin tener ninguna intención de moverme de aquí.

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